¿Y quién si no él sabe de sacrificios? ¿Quién más sabe de dolores? ¿Quién más sabe de angelitos velados sobre las mesas de un comedor de campo? El rin del mariconcito. El rin del guacho hermoso que quiso un beso de hombre. El rin del cuerpo como una equivocación. El María, la niña bonita del pueblo chico, el que tira entre las tumbas del cementerio viejo, el que no se enamora aunque se encuentre enamorado.
- Sabís que me estai doliendo –le dijo con la mirada de jirafa, con la presencia de animal atormentado. Tiene sudor sobre la frente, la espalda húmeda, la sangre agolpada, calores y colores subiéndole por la decencia de los días de la semana y desatándose en juegos de saliva y fuerza dominguera.
- Sabís que me estai doliendo –le dijo despacito, dejando que las palabras se escurrieran por rebalse, palabra que muere por precipitación en su boca, despeñado párrafo de un amor trasunto. Muerde las paredes, muerde la dulzura, muerde también los prejuicios como tostadas. En este día del Señor que amanece con él desnudo y con el otro animal deslizándose por su precordillera latinoamericana y pueblerina, maldice entre dientes las caídas de la infancia, las rodillas rotas, las esperanzas fracturadas, parrilla costal azotada contra el pavimento.
El fin comienza en las rodillas. ¿No tienen acaso sabor a tierra de cementerio las rodillas heladas? La muerte trepa con besos furiosos por las piernas y se le incrusta en la quijada como un puñetazo. ¿Has sentido la mandíbula fuera de su lugar al besar una boca mentirosamente turgente? ¿No te ha recordado ese sonido de manivela sin aceite los cabellos con gomina? Cruje el María con su olor de violeta, como un somier sueco, con todas sus maderas como astillas.
- Sabís que me estai doliendo –le insiste y se le pinta el abandono temprano en la mirada como un cuadro de Kandinsky. Zozobra su barcaza gimiendo la explosión de los brutos, la plenitud de las ostras, la terrible, terrible, terrible timidez de las tumbas que lo ven quebrarse, bajo los olmos, los domingos.