El sueño del cambio social que genere justicia y mejores condiciones de vida para todos es el gran sueño de Chile, expresado de una forma particular por el pensamiento y la obra de muchos católicos, quienes han dedicado su vida al servicio de la justicia social, la fraternidad humana, y la solidaridad.
Las estadÃsticas y el análisis de los expertos nos dan las razones económicas, polÃticas y sociológicas que mantienen a Chile, después de tantas décadas de esfuerzo, aún como un paÃs con pobreza.
La experiencia de otros paÃses que han avanzado en el camino de construir justicia social nos indica algunas de las claves necesarias para derrocar la pobreza y alcanzar la tan deseada equidad. Entre ellas están la formulación de buenas leyes que protejan a la familia y la vida digna, la atenta y permanente mirada de los responsables de la sociedad para que exista justicia, la permanente rendición de cuentas de aquellos que manejan los recursos del Estado, y la generosidad de los que más tienen en ayuda de los menos beneficiados.
En este Mes de la Solidaridad, nos hace bien recordar que el egoÃsmo personal es el origen más profundo de las desigualdades e injusticias. Sabemos que Dios nos ha regalado inteligencia, voluntad, libertad y capacidad para amar, para formar una familia, y para realizarnos personal y comunitariamente.
Todo lo que somos es un regalo gratuito de nuestro Creador, y cuando nacemos limitados por alguna incapacidad o enfermedad, la comunidad, entendida como el Estado, debe velar para que los desfavorecidos mejoren sus condiciones y puedan llevar una vida normal.
Lo mismo pasa con muchos que carecen de las posibilidades de acceder a una buena educación, para establecerse con solidez en la vida, y disfrutar de los beneficios que una familia requiere para su realización plena.
Hace ya 24 años, el Papa Juan Pablo II, ahora Beato de la Iglesia y de feliz memoria, dijo con fuerza en Chile: “los pobres no pueden esperarâ€. Desde esa época ciertamente las condiciones de vida han mejorado enormemente en nuestro paÃs, pero aún hay familias que no reciben lo que en justicia deberÃan recibir para vivir con dignidad.
La postergación social y la pobreza es clara y evidente, y es la causa más profunda de los conflictos educacionales, éticos y otros que, aunque quisiéramos cerrar los ojos, nos hacen escuchar por los oÃdos el clamor de los pobres, y como eco suena en nuestra memoria el grito de Juan Pablo II: “Los pobres no pueden esperarâ€.
Los verdaderos y profundos cambios son los que comienzan en el corazón humano y se traducen en actitudes de justicia y solidaridad, vividas cada dÃa y en todo ambiente. Son los que debemos generar, sin esperar que otros comiencen, en este Mes de la Solidaridad.